El presidente avizora inflación galopante y combate al delito. El acuerdo con Bullrich y Waldo Wolff para que evitar piquetes. El factor inflación y el verano que viene.

Javier Milei dio el único discurso honesto, tal vez demasiado, de la historia moderna. No sólo no hubo espejos de colores, dejó en claro que el país deberá arrodillarse sobre maíz durante seis meses para aprender la lección y dejar atrás la adolescente ambición del último kirchnerismo, qué fusiló el Estado para intentar evitar una derrota anunciada por la propia creadora del kirchnerismo. Más allá de su mala decisión, y peor olfato en los últimos años, Cristina Fernández de Kirchner se bajó del tren antes de la embestida, lo que hizo ante cada tragedia partidaria en las últimas dos décadas. 

Javier Milei avisó. Vendrá un país hostil, pobre, endeudado, escaso, devaluado, duro con la protesta social, inquebrantable con la llamada «casta gremial» e implacable con los gastos de la política, aunque él sabe que el achicamiento total y espartano de los gastos de diputados, senadores y ministerios no llega a los dos de los quince puntos que quiere bajar. Es una proclama de un nuevo país, donde los servicios tienen precio terrenal y los senadores, por ejemplo, trabajan mucho por un sueldo coherente, algo que no existe hoy en Argentina. 

Alberto Fernández, Cristina Fernández de Kirchner y Sergio Massa han logrado ocupar los lugares en los libros de historia. El rol inmoral de Kirchner con manos en los bolsillos mientras juraba el nuevo presidente, la cara desencajada y sombría de Alberto Fernández y la ausencia de Sergio Massa, el gran perdedor del año. Los tres lograron que ni los propios los aplaudan, y que las calles con banderas de Argentina sin colectivos le den el adiós al triunvirato que entregó estadísticamente las peores cifras en 22 años.